Un duende en Barcelona
09-08-2005 04:05:28
Vivo cerca de Barcelona. Ciudad grande, ajetreada, en ocasiones caótica. Una urbe, como decía, en la que a veces las calles se asemejan a pesebres navideños. Estampas típicas, personajes y acciones que se repiten siempre. Callejuelas estrechas, sucias o no tanto, hordas de guiris acangrejados, gente despistada. Y en bastantes ocasiones se encuentran esas personas que son habitantes de la calle. Esos nómadas de caja de cartón y ropa hecha jirones, como su vida. Esos anacoretas del siglo XXI, cuya penitencia de vino y noches frías en un cajero a veces eligieron voluntariamente, otras una sociedad cruel y egoísta se la impuso. Ermitaños del asfalto que tanto admiro.
Iba un servidor por una de esas calles tan concurridas una tarde de entre semana, intentando dar un tranquilo paseo pese a la frenética actividad, sin otra intención que la de dar un paseo y chafardear alguna tienda si se prestaba la ocasión. Como decía, en estas andaba yo, cuando me fijé que un poco más adelante la gente aceleraba extrañamente el paso. Me iba preguntando qué causaba tal reacción cuando me lo encontré de frente. Menudo, mellado, con una sonrisa y una mirada amable. Me preguntó si tenía un minuto, y yo que tengo una curiosidad a veces enfermiza accedí encantado.
Llevaba una bolsa de cuero repleta de poesías, de sueños y historias. Poesías que te ofrecía a cambio de la voluntad, una pequeña ayuda para poder sobrevivir en su casa, que era la calle. Y por eso la gente huía despavorida. Fue así como me explicó en grandes trazos su historia.
Era de Alicante, yo diría que unos treinta y largos. Marchó joven de su casa en busca de una vida libre. Un concepto de libertad que muy pocos están dispuestos a llevar tan al límite como él. Una libertad que se vio recortada cuando se enganchó al caballo. De ahí sus mellas y sus cicatrices, las visibles y las que no. Pero Duende, que así se hacía llamar este singular poeta, salió adelante como pudo y se mudó a la calle. Muchos amigos se le quedaron en el camino, se los llevó el bicho, el alcohol...
Ahora se dedicaba a vivir solo, con la única compañía de su mochila y su bolsa de sueños. Con ellas a cuestas vive de un lado a otro, donde le apetece ir. A veces si puede, compra tizas y dibuja en las plazas. Y si hay suerte, a veces cena caliente gracias a buena gente que le ayuda. Porque Duende, pese a al aspecto que la vida en la calle le ha impreso, sabe como meterse a la gente en el bolsillo con su conversación.
Conversación que no le falta, dice que como anda solo cuando pilla a alguien dispuesto a prestarle un poco de atención, no para. Y es que Duende ha vivido mucho en muy poco tiempo. De ahí que tenga muchísimas anécdotas. Como la que me contó, que en una ocasión algún niñato gracioso como la madre que lo parió le robó una bota del par que usaba y tuvo que pasarse una temporada jodido andando con un pie descalzo. O aquella cuadrilla de limpieza que conoció en algún pueblo de cuyo nombre ahora no recuerdo, que le respetaba los dibujos que él hacía en el suelo para poder sacar unos eurillos.
Me regaló trozos de su alma, en fotocopias que conservo en un cajón. Y muchas historias, las que más con una sonrisa amarga de quien se siente solo. Yo le di lo que llevaba encima, que ni de lejos podía compensar todo lo que me dio él. Porque me llevé sus poemas, sus historias y una gran lección. Para él estas torpes letras, y el deseo que las estrellas le sigan arropando cada noche allí donde esté. A el y a todas las personas que sobreviven en las calles de las grandes ciudades.
A veces vale la pena pasear por Barcelona.
P.D: No viene a cuento, pero comentar es gratis.
Iba un servidor por una de esas calles tan concurridas una tarde de entre semana, intentando dar un tranquilo paseo pese a la frenética actividad, sin otra intención que la de dar un paseo y chafardear alguna tienda si se prestaba la ocasión. Como decía, en estas andaba yo, cuando me fijé que un poco más adelante la gente aceleraba extrañamente el paso. Me iba preguntando qué causaba tal reacción cuando me lo encontré de frente. Menudo, mellado, con una sonrisa y una mirada amable. Me preguntó si tenía un minuto, y yo que tengo una curiosidad a veces enfermiza accedí encantado.
Llevaba una bolsa de cuero repleta de poesías, de sueños y historias. Poesías que te ofrecía a cambio de la voluntad, una pequeña ayuda para poder sobrevivir en su casa, que era la calle. Y por eso la gente huía despavorida. Fue así como me explicó en grandes trazos su historia.
Era de Alicante, yo diría que unos treinta y largos. Marchó joven de su casa en busca de una vida libre. Un concepto de libertad que muy pocos están dispuestos a llevar tan al límite como él. Una libertad que se vio recortada cuando se enganchó al caballo. De ahí sus mellas y sus cicatrices, las visibles y las que no. Pero Duende, que así se hacía llamar este singular poeta, salió adelante como pudo y se mudó a la calle. Muchos amigos se le quedaron en el camino, se los llevó el bicho, el alcohol...
Ahora se dedicaba a vivir solo, con la única compañía de su mochila y su bolsa de sueños. Con ellas a cuestas vive de un lado a otro, donde le apetece ir. A veces si puede, compra tizas y dibuja en las plazas. Y si hay suerte, a veces cena caliente gracias a buena gente que le ayuda. Porque Duende, pese a al aspecto que la vida en la calle le ha impreso, sabe como meterse a la gente en el bolsillo con su conversación.
Conversación que no le falta, dice que como anda solo cuando pilla a alguien dispuesto a prestarle un poco de atención, no para. Y es que Duende ha vivido mucho en muy poco tiempo. De ahí que tenga muchísimas anécdotas. Como la que me contó, que en una ocasión algún niñato gracioso como la madre que lo parió le robó una bota del par que usaba y tuvo que pasarse una temporada jodido andando con un pie descalzo. O aquella cuadrilla de limpieza que conoció en algún pueblo de cuyo nombre ahora no recuerdo, que le respetaba los dibujos que él hacía en el suelo para poder sacar unos eurillos.
Me regaló trozos de su alma, en fotocopias que conservo en un cajón. Y muchas historias, las que más con una sonrisa amarga de quien se siente solo. Yo le di lo que llevaba encima, que ni de lejos podía compensar todo lo que me dio él. Porque me llevé sus poemas, sus historias y una gran lección. Para él estas torpes letras, y el deseo que las estrellas le sigan arropando cada noche allí donde esté. A el y a todas las personas que sobreviven en las calles de las grandes ciudades.
A veces vale la pena pasear por Barcelona.
P.D: No viene a cuento, pero comentar es gratis.
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